viernes, 26 de enero de 2024

La edad de las preguntas

 

 

Las preguntas a la gente

Aguascalientes, Aguascalientes, algún mes del año de 1993

Por la mañana quién sabe qué habré hecho en el kinder, no guardo memoria de eso para este día. Vagamente recuerdo que a la salida me recogió Lourdes, la chica de unos dieciséis que nos ayudaba con el aseo en la casa. Lourdes. Hoy sé que se llamaba Lourdes porque me lo han dicho mis papás, pero en realidad no recuerdo los nombres de nadie en esa época. Y en cuanto a mi recuerdo de los rostros, apenas veo un manchón que más habla de las emociones que me transmitían las personas, que de sus rasgos específicos. El de Lourdes era un rostro-manchón de azul cielo con mil callejones de claroscuros, que serían los mismos que había en sus barrios tan ajenos al mío. Barrios periféricos, barrios no vistos, barrios hipotéticos sobre los que me traía historias increíbles.

Sé que con frecuencia me contaba esas historias entre la hora de regresar de la escuela y la hora de la comida, aunque sólo lo sé por la intuición que deja el ejercicio constante de repasar las propia memorias. Porque a ciencia cierta no recuerdo más que una historia. Y a ciencia cierta no recuerdo ni las palabras que al componían. Habrá dicho algo como: Mi novio está en una pandilla, ¿Y qué es una pandilla? - habré preguntado – Pues es que sale a la calle con sus amigos y eso, se llaman los Perros del Mal, ¿Y por qué se llaman así? - habré insistido. A esto recuerdo menos todavía las palabras precisas, pero la sensación es que nadie podía con ellos, que eran como los héroes de las películas de acción. Y continuó el relato: La cosa es que se peleó a navajazos con uno que le gritó así en la calle, ¿Y los dejan llevar navajas?, Ellos no tienen que pedir permiso.

Tampoco puedo decir mucho de las palabras precisas que habría en mi propia mente, pero habrá sido algo de incredulidad sobre el hecho de que existiera un mundo donde la gente no tiene que seguir todas las reglas, ni pedir permisos y donde buscan intencionalmente arriesgar la vida de esa manera. De tanta sorpresa, en una ocasión quise confirmar con mamá la existencia de algo así. Entonces el rostro-manchón de mamá fue rojo y crepitante. ¡Que no te vuelva Lourdes a contar de eso!

Menudo encabronamiento que me dio – no conocía esa palabra pero todo mexicano nace con el gen que le permite sentir encabronamiento por distinción de sentimientos más simplonamente anglosajones, como el ramplón enojo, o porteñamente argentinos como la indignación con manotazos al aire - ¿y yo qué? Si yo no controlo lo que me cuenta. ¿Cómo pueden hacerme responsable de algo que está fuera de mi control?



Las preguntas a las cosas

Silao, Guanajuato, algún mes del año de 1994

Por la mañana sí que recuerdo qué hicimos en el kinder. Llegó (---) El director. Así lo anunciaron la maestra y su ayudante, poniendo rostro-manchón gris con solemne textura de maderas finas y haciendo una ligera pausa antes del artículo definido:


(---) El director.


Era alto y delgado, claro que, por otro lado, a esa edad todos los adultos resultan altos. Lo importante es que su rostro era de nubes amarillas con muchos focos de colores parpadeantes y casaba bien con la falta de solemnidad que lo empujó dentro del salón y lo sacó del cajoncito en que lo habían puesto la maestras. Nos anunció que nos iba a dar una clase de (---) Ciencias y las palabras que haya dicho dieron a entender que con eso podíamos comprender los misterios más recónditos del mundo. Salimos al patio común y formamos un círculo. Al centro puso recipientes plásticos de formas cuadradas y rectangulares, de varios tamaños y materiales. Al final nos mostró una jarra llena de agua. Dio inicio a la (---) Ciencia: ¿Qué forma tiene el agua de esta jarra, niños?, Es de círculo maestro, Bueno, y cuando la vacíe en el molde cuadrado ¿qué forma va a tener?, Pues de círculo, ¿Seguros que el agua va a seguir siendo círculo?, Sí, seguros.

Recuerdo que tuve cierta suspicacia sobre su pregunta – yo no conocía esa palabra, pero todo mexicano nace con el gen de la suspicacia asociado al gen de la mirada sobre la autoridad – sólo que el sentido común de mis compañeros parecía sensato y concurrí. Entonces vació la jarra redonda en el molde cuadrado y el agua tomó forma de desequilibrio cognitivo. Claramente se había leído al Piaget y el muy cabronazo lo entendió tan bien que supo que a punta de experimentación y reto a la curiosidad, podía mandarnos escalera abajo directo al siguiente estadio cognitivo.

Manque yo seguí con la suspicacia aún saliendo de clases. Después de todo, él manipuló la jarra todo el tiempo. ¿Cómo saber que no guardaba algún truco? Si sabía palabras como (---) Ciencia y su rostro tenía luces de colores, claramente sabría también algún embrujo. Así que al llegar a casa saqué al pasillo vecinal una colección de tópers y un litrero lleno de agua. Había que aislar una variable, que podía ser la brujería de (---) El director, y cambiando al experimentador por un individuo no mágico, se ajustaba la metodología. En ese momento, sin saberlo, habré caído en la magia de (--) El director. Me indujo a dudar y replicar: sí sabía de ciencia y tenía también el embrujo del buen maestro.

Y vaya, no es mucho misterio lo que pasó: el agua cambiaba de forma independientemente de quién la vertiera. Tuve que repetirlo muchas veces y entonces empecé a acercar la carota a los recipientes. Ya había aceptado que el fenómeno era verdadero, pero ahora tenía que ver el momento exacto en que el agua cambiaba de forma. A bocanadas buscaba encontrar el mecanismo subyacente y, si para eso tenía que sumergir las narinas en el agua, lo haría. El arte de conocer los recónditos misterios del mundo no había terminado de traer una respuesta cuando ya dejaba otra pregunta más compleja. Y en medio de esa fascinación pasó un vecino: Niño, deja de hacer cochinero jugando con esa agua.

Menudo encabronamiento que me dio, ¿cómo podía regañarme y mandarme a dejar de hacer (---) Ciencia?



Las preguntas al sistema

León, Guanajuato, algún mes del año de 1995

Otro kinder, ¡vaya! Y aquí nadie tiene focos en la cara. El rostro de las maestras por las mañanas era color crema oscuro con manchas cafés y fibras secas de las que tienen las flores blancas cuando ya están marchitas y viejas. Más se les notaba todavía, cuando cuando nos ponían a rezar el Ave María antes de empezar el día. Yo en mi vida había escuchado esa oración y, de repente, se suponía que debía saberla de memoria. Así que a diario intentaba rescatar algo del murmuro colectivo de mis compañeros y juro, no sé por qué, que concluí que hablaba de papas fritas. Y ese botón es muestra de lo confusos que me resultaban los muchos rituales y reglas de esa escuela. El peor de los cuales era precisamente que cada día un compañero diferente lideraba el rezo. Entonces, si por algo rezaba yo, era porque no me tocara a mí, que sólo me sabía la parte de la papas fritas.

Y bueno, ahí había una clase de deportes con un profesor de rostro de borrón verde y ya, no había mucho más ahí que un borrón. Un día anunció que nos iba a enseñar a jugar futbol, pero sólo a los niños. De las niñas no sé qué fue. Nos llevó a la cancha y dio algunas instrucciones,
y del masacote en general indistinguible de palabras me quedó claro que cada equipo tenía una portería, pero que – muy para mi sorpresa – el juego se trataba de llevar la pelota a la portería del otro. Sí, era extraño que teniendo uno su propia portería, tuviera que usar la de los contrarios. Pero lo entendí y parece que fui el único al que le quedó claro. Porque a la voz de esta es mi portería, los autogoles llovieron en ambos equipos. Y yo corría de un compañero al otro para explicarle que era a la otra portería. Hasta que a un compañero con rostro café de paleta embarrada en el piso, no le gustó que le corrigiera y me pateó. Y me caí. Y chillé. Y miré al profesor cuyo manchón verde se rió en triángulos amarillentos, arqueó la cejas y me dijo que siguiera jugando.

Menudo encabronamiento que me dio ¿Cómo me madrean por ser el único que entendió el juego y la autoridad lo avala?



Las preguntas a uno mismo

Cholula, Puebla, algún mes del año de 1999

Ya van tres años en la misma escuela. No sabía que se podía durar tanto. Ese día estoy en el centro del patio de recreo y recuerdo haber pensado: Parece que aquí sí nos vamos a quedar. Había un subtexto a eso que, de nuevo, sólo sé por el hábito de repasar mis recuerdos, pero que nadie me ha hecho favor de poner en el guion. El tema subyacente es que ahora sí vale la pena hacer amigos. Y es que el último cambio de ciudad ya me costó transitarlo. Dejar atrás otra vez a Luisito, otra vez a un niño muy rápido que su nombre empezaba con R y a todos los demás que no recuerdo ni la inicial, pero tenían rostros amarillos, verdes, azules, o naranjas con canicas, con ruedas y con ojos de caricatura.

Fue entonces que me empecé a juntar con Miguel. A partir de esa edad ya recuerdo el nombre y recuerdo el rostro, que era color del cobre con los ojos alargados y los pelos lacios peinados en copete. Miguel me caía muy bien cuando jugábamos entre nosotros, pero se portaba raro cuando estaba con Gabriel y con Santiago, que tenían el rostro blanco y el cabello castaño claro. Entonces se ponía más agresivo con los demás, pero muy dócil con estos dos. Por eso los dos me caían mal, en especial Santiago, que lo convencía de hacer cosas que no quería.

Antes de terminar el primer semestre hubo un mes en que los papás de varios compañeros vinieron a clase a hablarnos de sus trabajos. El papá de Miguel fue uno de los que no vino y yo andaba con la duda de a qué se dedicaba. El asunto es que cuando le pregunté, Miguel evadió la pregunta y se fue a jugar futbol.

¿A qué se dedicaría? ¿Sería arquitecto como mis papás? ¿Sería ingeniero como el papá de Areli? ¿Sería dentista como la mamá de Cintia? Para la fortuna de mi curiosidad, una semanas después Miguel me invitó a comer a su casa. Por fin lo voy a saber.

Ese día llegamos a su casa y nos pusimos a, dizque, hacer la tarea. A los pocos minutos su mamá nos llamó a comer. La familia era más grande que las de otros compañeros con quienes yo había ido y la cocina tenía muebles más sencillos, pero aromas más inspiradores. El papá, sin embargo, no estaba ahí. Estaba en ese misterioso trabajo.

Después de comer nos pusimos a jugar, la neta, sin fingir más que nos importaba la tarea. En eso entró su papá a comer y yo me asomé de reojo pero no pude deducir a qué se dedicaba. Como sea, no tardé en enterarme. Tan pronto terminó de comer lanzó un fuerte grito a Miguel, quien se paralizó a medio juego, bajó la mirada y me dijo: Tengo que ir a ayudar a mi papá, pero tú quédate jugando, No ¿cómo crees?, En serio quédate, Te acompaño y les ayudo, No vas a querer, Te apuesto que sí, Ay ¿a poco quieres ir con las pinches vacas?, ¿En serio tienes vacas?, Uy, como veinte, ¡Qué cool!

Ahí está, era lechero.

Pusimos pastura, llenamos los abrevaderos, acarreamos cántaras de leche – más Miguel que yo, que nunca había cargado nada realmente – y luego hasta entramos al establo y enchufamos las vacas a la ordeñadora después de untar yodo en las ubres. En pocas palabras, hicimos ciencia. Pasadas las primeras resistencias, creo que a Miguel en realidad le gustó mucho explicarme todo el complejo arte de criar vacas y, claro, no paró de recordarme lo débil que era yo para acarrear cántaras.

Ya de salida me encontré con la hermana de Miguel, Lisa, que era un par de años mayor que nosotros. Se me plantó enfrente: Ya me dijeron que anduviste acarreando cántaras – yo creí que de nuevo me recordarían que apenas pude mover una de las pequeñas – Sí, ahí más o menos. Me miró fijamente y volvió a hablar: Tú no eres como los otros de la escuela, ¿Cómo como los otros?, Ay, pues ya sabes, como los otros con los que se lleva Miguel, los que nos miran así.

No pude ver la expresión de su mirada porque de inmediato me rodeó y se fue. Pero esto que me dejó, caló profundo. Así como antes los rostros eran manchones, esta idea también era un manchón. Era demasiado grande para entenderla, pero suficientemente clara y verdadera como para ignorarla. Había grupos en la escuela, grupos que no estaban dichos, pero eran vividos. Dos grupos donde unos miraban a otros y los hacían sentir de modos tales que reafirman quién va dónde y que reafirmaban qué papá mejor no ha de ir a hablar de su trabajo. También me dijo que yo, por algún motivo ajeno a mi comprensión y parte de esas cosas que estaban fuera de mi control, formaba parte de uno de esos dos grupos. Y los últimos enunciados que escribo ya son muchas más palabras de las que pude poner en ese momento. Entonces la idea era un manchón muy profundo, con claroscuros tan duros que sólo posarse en ellos era como caer de golpe desde varios metros de altura. Afortunadamente, que también eran la imagen más clara que nadie me había dado sobre las cosas. No conocíamos las palabras injusticia, clase o discriminación, ni hablar de habitus o reproducción cultural, pero parece que los mexicanos nacemos con todo ello en los genes.

Y estaba también lo claro de ese claroscuro. Que de algún modo, había una alegría en esa visita, que de algún modo la brecha era salvable, que de algún modo era posible ser de un grupo y entrar al otro también. Menuda alegría que me dio.



Las preguntas que hilan en el tiempo

Nuevo Caan, Quintana Roo, algún mes del año 2021

Los funcionarios federales tenían gestos rígidos y, tras cada andanada de reclamos de los ejidatarios, enunciaban impoluto el discurso que en su oficina habían preparado sobre lo mucho que estaba mejorando el lugar. Lo cual sólo provocaba un contraataque más intenso de parte de los representantes campesinos, incluida la amenaza de no dejarnos ir hasta que no estuvieran satisfechos. Y no fue mera amenaza, que todo empezó a las 9am y salimos de ahí a la media noche.

Seguramente las historias de los campesinos le parecerían ajenas e increíbles a los funcionarios. No comprenderían que hubiera un mundo donde la gente viviera fuera de las reglas de su estado y que no pidieran permiso para llegar a las reuniones con machete y se jugaran la vida con cada temporada de siembra. Seguramente las respuestas de los funcionarios le parecerían ajenas e increíbles a los campesinos. No comprenderían que hubiera un mundo donde todo dependiera de los papeles, donde la voluntad individual está amarrada por infinitas reglas y que no supieran lo que es jugarse, cuando menos, la palabra.

Y uno de esos funcionarios en realidad era un niño que veía dos grupos distintos, no dichos pero vividos. Dos jarras, una redonda y otra cuadrada, que vertían su agua de palabras, ideas y sentimientos, pero que, ahora sí, el agua no se adaptaba al nuevo molde. De algún modo rompimos la física. ¿Cómo podemos todos hacernos responsables de algo que parece fuera de nuestro control?

Esporádicamente los funcionarios se reían de nervios, o hasta de miedo. En la escuela no nos dijeron qué hacer con eso y menos en la Secretaría. Los campesinos veían las risas y las entendían como esas miradas que dicen quién va de qué lado y qué papá no tiene que venir a hablar de su trabajo. De hecho las risas parecen surgir cada vez que los campesino hablan de su trabajo y eso no ayuda.

Y el niño pensaba que todos los presentes, funcionarios y campesinos juntos, son ese equipo que mete gol en su propia portería. Y, repitiendo la historia, los que estaban madreados en el suelo eran justo los que pedían que chutáramos para el lado correcto. Pensó el niño: vamos a cambiar el molde, pero el molde grande, el que nos contiene a todos. Vamos a cambiar el formato de la reunión. En un momento de respiro, propuso terminar esa primera etapa antes de tiempo y desechar el plan de los funcionarios para la segunda etapa, mejor hacer mejor un taller participativo. Todos los funcionarios estaban cagados de miedo y esperando cualquier idea que sonara a salvación, además que cuando el uniforme del niño dice Gobernación, es más fácil que los otros del equipo ahora sí le hagan caso. Curioso giro a la autoridad.

En el inter de las dos etapas se trajo comida y el niño pensó que tal vez aquí sí vale la pena hacer amigos. Se paró del lado de la mesa de los funcionarios y se fue con los ejidatarios. Del lado de la mesa del pelo castaño al lado de la mesa de la piel de bronce. Específicamente, se fue con las ejidatarias que, casualmente, una se llamaba Lisa. Y entre bocado y bocado empezaron a relajarse, a reírse un poco y a verter palabras que ya ligeramente iban cambiando de forma. ¿Quién habría dicho que la intervención del Ave María sí llegaba por las papas fritas?

Entre los funcionarios, afortunadamente, había otro niño con el que hicieron mancuerna y algo se pudo acordar en las ocho horas restantes de negociación. Los ánimos siguieron tensos, ni hablar. Pero al finalizar los ejidatarios llamaron al niño a su esquina y le dijeron que gracias por acarrear cántaras de leche, que Santiago siempre jodía con que hicieran algo que no querían y ese día se sentía que no habían tenido que ceder.

Dos días después, volando de regreso a la Ciudad de México, el niño entendió que de todos modos a los funcionarios no les importaba dejar pudrir la leche. Y que ese pequeño formato que se cambió ese día, era superado mil veces por un formato mucho más grande y fijo. Un formato que con su lento andar por el pasillo vecinal de la vida pública decía: Niño, deja de hacer cochinero cambiando el agua de molde. Menudo encabronamiento que le dio ¿cómo podían regañarlo y mandarlo a dejar de hacer política?

Desde la ventanilla del avión a punto de aterrizar, la ciudad era un indistinguible manchón mezcla de todo en tonos de posibilidad y de pasado. Y el niño pensó que: sin embargo, se mueve. Que con el cambio de formato y los amigos y las papas fritas, el agua sí que cambió de forma. Que sí había (---) Ciencia y que sí había (------) Magia de buen maestro que sirvieran a esas palabras de justicia y de clase. Que hay que sacar más moldes al camino vecinal y hacer tiradero, que hay que acarrear más cántaras y pedirle más historias a Lourdes, que hay que hacer (---) El director a más brujos con focos en el rostro y que hay que insistir en patear el puto balón para el lado correcto. Y, cada que sea posible, cambiar el molde más grande y ser el agua que cambia con él.


Tizoc Sánchez

Vieja Ciudad de Hierro, algún mes del año 2024

jueves, 23 de septiembre de 2021

Zoopolis

 

En la esquina de la 69 Street con Central Park West Avenue, un portero abre la puerta de un edificio residencial para que entre un pomeranian con collar incrustado de diamantes. Detrás, viene una mujer de unos sesenta años, vestida como si los diamantes del pomeranian fueran a penas lo que sale en un estornudo de su cartera. El perrito recibe el bocadillo que el portero saca de un jarrón de cristal colocado sobre el escritorio de recepción y luego camina sobre las lajas de mármol con pasos como pequeños brinquitos que se asemejan a los de un caballo al trote en las competencias de equitación.

No se dirigen a su apartamento, sino al área de la piscina. Durante el recorrido, el pomeranian mira pasar a los empleados del edificio. Reconoce a muchos, si no por nombre y rostro, por las funciones que cumplen allí. Están los guardias de seguridad, valet parking, choferes, porteros, las maids de limpieza, mayordomos y conserjes. Algunos de ellos le devuelven la mirada y le sonríen. Sabe que es un buen muchacho, desde que llegó allí se lo han dicho: la mujer de sesenta años, los almohadones de plumas que cada tercer día hace trizas para que le traigan uno de nuevos colores y texturas, el pequeño filete de salmón que desayuna todos los días y, claro, el collar de diamantes.

Al llegar a la piscina, la mujer de sesenta años entabla conversación con un hombre de saco rosado y mascada de jaguar al cuello. El hombre le sugiere la posibilidad de mudarse a otro edificio en la quinta avenida, donde tendría que pagar cincuenta mil dólares mensuales más de renta, pero los servicios disponibles, lo estarían durante las veinticuatro horas. Absorta en su plática, no se da cuenta de que el broche de vil alambre en el collar de diamantes se desabrochó y se soltó cuando el pomeranian salió corriendo detrás de una pelota del color de su nuevo almohadón.

El pomeranian perdió de vista la pelota entre el bosque de piernas debajo de una mesa del área de desayunos al fresco. Al salir de allí, por inercia, siguió a uno de los mayordomos. Entraron a un pasillo que tenía puertas conectando todos los lugares que el pomeranian conocía tan bien, todos esos servicios que en este edifico de apartamentos sólo estaban disponibles por dieciséis horas al día, la biblioteca, la sala de eventos, la sala de proyecciones y el billar. Finalmente entraron por una de estas puertas, que llevaba a un lugar desconocido para el pomeranian: la cocina del club. Al principio era emocionante estar allí, por los gritos, el sonido metálico de las sartenes, las llamaradas; se sintió como en las escenas de desembarco en el día D, las de aquellas películas que la mujer de sesenta años ponía para él en la pantalla HD colgada sobre su perruna cama en su perruna habitación. Pero, al cabo, la experiencia comenzó a volverse demasiado real: la gente se movía sin fijarse que iban a pisarlo, nadie escuchaba sus ladridos bajo los gritos del chef y, ocasionalmente, caían utensilios afilados o pesadas sartenes cerca de su cabeza.

Escapando de un carrito de pastelería, halló cobijo debajo de unos anaqueles con papas. Justo en el momento en que se asentaba en él el sentimiento de estar seguro y protegido, notó un movimiento en su costado derecho. Era el roce de otro pelaje, más duro y corto que el suyo, la respiración más agitada de un cuerpo que se intuía del mismo tamaño que el suyo, y luego el tacto de una extremidad como una lombriz, todo esto mientras el otro animal salía huyendo y se escabullía por un hueco en la pared.

El pomeranian se quedó como congelado por algunos momentos, sabía exactamente lo que eso había sido. Se acercó al agujero en la pared e intentó entrar. Tal vez ambos animales eran del mismo tamaño, pero a él le faltaba la flexibilidad. Tras mucho empujar con sus patitas traseras, quedó atascado en el agujero, pero alcanzó a asomar la cabeza al interior de la alacena, al otro lado del hueco. Allí las vio a todas y supo que había tenido razón, eran ratas. Había visto algunas en televisión, pero estas eran diferentes. Tenían olor - desagradable - tenían una manera de moverse para ir a algún lugar de su interés y no sólo para la pantalla de la televisión, tenían un modo desesperado de roer los costales de arroz y, en grupo y en su guarida, mostraban una seguridad en sí mismas que no se contradecía con lo ansioso en el frenesí de sus movimientos. Pero, más que nada, podían hacer lo que les diera la gana, conocían escondites y pasajes, sabían cómo robar comida y no necesitaban puertas ni una señora de sesenta años que los paseara por la ciudad. Por lo menos las ratas del televisor estaban encerradas, como él, en su habitación. Pero estas, le parecía, la ciudad era de ellas.

Su pequeño ladrido iracundo se escuchó en el pequeño interior de la alacena. Decenas de rostros alargados con dientes afilados voltearon a mirarlo. Se acercaban lentamente, mientras él seguía ladrando desde sus celos y, peor aún, desde el miedo de aceptar que sentía envidia del placer de roer sacos de arroz en la oscuridad. Cuanto más se acercaban, más ladraba. Las ratas no respondían, porque no les gusta discutir con animales que no conocen, pero se le acercaban con los breves pasos de sus patas como manos rematadas con garras intranquilas.


lunes, 4 de enero de 2021

De libros, antisistemas y colibrís

 

Mire usted qué chulada de foto, no me va a decir que no. Seguro a los educadores con aspiraciones críticas nos gusta particularmente, ahí, todo chulo, el poder la lectoescritura para cuestionar el sistema. La primera vez que la vi, lo primero que me saltó fue el asunto de la presión tremenda que soporta ese libro allí, solito, debajo de tanto ladrillo. Me recordó a algunas historias que conozco de profesoras que quisieron echar a andar estrategias innovadoras en sus aulas y se toparon con un muro ante las actitudes de colegas y directivos que las llevaron a renunciar.

Pero luego hubo otra cosa, algo que me incomodaba. Conforme las fotografías nos hacen un acercamiento al libro, podemos ver que ese espacio para perturbar el status quo, lo pudo tomar cualquier objeto. El artista pudo haber colocado una lata, pudo haber colocado un sartén e, incluso, pudo haber colocado otro ladrillo; lo importante es que el objeto empujara la coyuntura de los dos ladrillos superiores, que estuviera "fuera de lugar" o "mal acomodado". O pensémoslo del modo contrario, el artista pudo haber colocado un libro - que así fuera de Marx o Bakunin - si hubiera sido colocado en el lugar exacto de un ladrillo de la fila, habría cumplido la función de soportar el orden del muro como cualquier otro ladrillo.

Curiosamente, mi espíritu alfabetizador estaba más contento con esta segunda observación que con la primera. Cualquiera pensaría que el alfabetizador sería el primer defensor a capa y espada de la lectoescritura como herramienta política, en lugar de ponerse a fantasear que cualquier objeto podría sustituir a un libro, siempre que esté en la posición adecuada. Pero el asunto es justo ese, que quienes hemos convivido con personas analfabetas, sabemos que no les falta nada para cuestionar o para entender las cosas; les falta, sí, un cierto dominio sobre el alfabeto y las palabras que se construyen con él, pero eso no les hace más ni menos inteligentes que quienes sí lo tienen. Del mismo modo, tenemos aquél dichoso refrán que dice que 'lo doctor no quita lo pendejo', que nos habla de gente con un profundo dominio del alfabeto y las palabras escritas, y una nula capacidad para nada fuera de ello.

Mi ejemplo favorito es un guatemalteco que fue mi jefe cuando yo trabajaba en limpieza de hoteles en Nueva York, lo llamaré Manuel. Manuel venía a mí para pedir ayuda con cualquier asunto relacionado con letras escritas: instrucciones, contratos e incluso el uso de la tarjeta bancaria en la que le depositaban su salario. Con las cuentas escritas era muy hábil, pero además de los números y firmar su nombre, le resultaba casi imposible leer o escribir cualquier palabra. Un día, Manuel me platicaba sobre su relación con los managers de distintas empresas en que había trabajado, casi siempre gringos que no hablaban español. Resultó que la mayoría habían sido gente decente, salvo por uno, James, que era grosero, exigía más de lo sensato, limitaba los recursos, ensuciaba lo que Manuel y su equipo ya habían lavado, bueno, era una fichita el hijo de la chingada. 

Manuel aguantó los malos tratos durante unas semanas, por eso de la precariedad en que viven los latinos indocumentados en EUA, pero al cabo decidió que valía la pena cambiar las cosas. Un buen día le dijo a los 20 trabajadores que comandaba, que a la siguiente madrugada llegaran media hora antes del turno, pero que no se reunieran en el sitio de trabajo, sino que esperaran en una esquina a tres calles de allí. Quince minutos antes de comenzar la jornada, Manuel le llamó por teléfono al jefe de James, un mexicano-americano que sí hablaba español y le dijo "mira, le dije a mi gente que ya no venga a trabajar, todos están en su casa, porque ya no soportamos a James, así que renunciamos", el tono del asunto era "si James es tan chingón, pues que lo haga él y que él convenza a la gente de venir a trabajar". Manuel confiesa que no tenía idea de cómo respondería el jefe de James, pero el hecho es que era imposible en quince minutos reclutar un equipo de veinte personas especializadas en limpieza y que tuvieran limpio el restaurante para antes de la hora de apertura. Después de explicar los malos tratos de James, Manuel ofreció "mira, si quitan a James, puedo hacer que mi gente venga corriendo desde sus casas y se apresuren a limpiar el lugar, si no es que ya se consiguieron otro trabajo, y aún lo tendremos listo a la hora indicada". El jefe de James aceptó, Manuel le echó una llamada a sus chicos que estaban tomando café y comiendo donas a tres calles de allí, entraron al restaurante sólo cinco minutos después de lo usual, hicieron su trabajo como siempre y a James nunca lo volvieron a ver.

Allí está el muro, el status quo, el orden opresivo, siendo cuestionado y, más que cuestionado, transformado por un hombre que sólo sabía escribir su nombre. Trabajando en la limpieza de ese tipo de establecimientos, aprendí que una de las herramientas más importantes es la espátula. Así que en lugar de un libro, tenemos a la sencilla y delgada espátula, y coloquémosla enla base del muro, haciendo la presión adecuada sobre la coyuntura de los pesados ladrillos que tiene encima. También funciona.

No sé si prestaron atención, pero el libro de la foto es 'El Castillo' de Franz Kafka, famoso por ser uno de los libros de más difícil interpretación en el cannon de la literatura 'culta'. Parecería que el artista de esa foto nos sugiere todavía más, que para poder cuestionar al statu quo, no sólo hace falta saber leer y escribir, sino que hace falta dominar las metáforas oscuras y complejas de autores checos que nadie en esas cocina neoyorkinas conocía (bueno, ni el ñoño que escribe estas líneas entendió La Metamorfosis hasta que vio un video de YouTube explicándola) y entonces, a la luz de la historia de Manuel ¿no parece hasta pedante la propuesta del libro en el muro, quiero decir, académicamente pedante? Por cierto, no niego, repito, no niego el poder de muchas obras literarias para tener ese mismo efecto, ni niego el valor de los mundos que abre la lectoescritura. (Tendría que ser muy mamerto para tener un blog lleno de letras y salir con eso.)

Voy viendo que es momento de invocar al santo patrono de los alfabetizadores y de los educadores críticos, el jefe Freire. El método de alfabetización de Freire comienza con una cosa llamada círculo de cultura, que es disparado a partir de otra cosa llamada palabra generadora, todo esto es decir, una plática sobre un tema que sea relevante para la vida de las personas que están aprendiendo a escribir. Una vez que se ha charlado sobre esa palabra generadora, o ese tema central a la vida de estas personas, el alfabetizador enseña cómo se escribe esa palabra. En el método freireano, la vida cotidiana y colectiva viene antes que el momento escolar/docente/alfabético, porque es la vida de las personas lo que le da sentido a las letras, no al revés. Por esto es que Freire utiliza la expresión 'leer el mundo' para hablar de una capacidad de lectura que va más allá del lenguaje escrito y que no depende de este, es una capacidad de interpretar la vida misma, como hizo Manuel con el ámbito de la vida laboral.

El buen alfabetizador no pretende 'acabar' con el analfabetismo de sus estudiantes, llenando una especie de vacío ignorante con las letras que trae en su mochila alfabetizadora; sino que pretende utilizar las experiencias de vida (las 'lecturas del mundo') de sus estudiantes, para que la lectura alfabética cobre algún sentido. Es por esto que el libro del muro puede ser legítimamente sustituido por cualquier otro objeto, una espátula, un sartén, una cuchara de albañil, lo que sea. Esto no hace más ni menos al libro, ni a estos objetos, sólo nos recuerda que debemos olvidarnos de esa idea según la cual las letras son el único camino a una cultura 'liberadora' o 'crítica' o 'cuestionadora'. El punto es preguntarnos en qué relación ponemos los saberes escolares con la realidad que se vive en el día a día.



sábado, 29 de agosto de 2020

Mis cristoaventuras

 Cristo vino a mí y cambio mi vida. Esa es probablemente la última frase que, quien me conozca, esperaría escuchar de mis profanos labios. Soy un feliz ateo que a la pregunta de ¿por qué soy ateo? Respondo que porque me criaron católico. Pero hubo una ocasión, oh, hermanos míos, en que estuve así de cerquita.

Debía estar en sexto de primaria y mis papás, con bastante frecuencia, no podían ir por mi a la escuela debido a esa enfermedad del mundo adulto llamada trabajo, o laburo, en dialecto argentino. Cuando había lana, o pasta o plata, contrataban al señor del transporte escolar que nos montaba en una combi que iba más apretujada que las del transporte público, y nos daba un espacio fantástico que era una extensión de la escuela más allá de lo escolar, ibas con los compañeros, con los uniformes, pero sin maestras y con un adulto que iba más atento al camino y a entregar sus ruidosos paquetes, que a guardar una disciplina "pedagógica". En ese lindo limbo entre la escuela y la casa, desarrollábamos habilidades tan importantes como masticar papas fritas hasta tener una masa espesa en la boca, que luego sacábamos entre los labios formando un churrito, al tiempo que un compañero movía la mano junto a tu cabeza como girando una manivela, simulando una especie de máquina de puré de papas fritas que hacía a la mitad de la compañía renegar de asco y a la otra mitad, partirse de risa. Pero había veces que en la casa andábamos brujas (que en dialecto chilango quiere decir vacío de dinero) o alguna otra cosa, que no se podía lo del transporte escolar. Entonces le pedían a los papás, o jefes, de mis amiguitos que nos llevaran a su casa, donde comíamos y jugábamos y evitábamos hacer la tarea hasta que mis papás podían ir por mi.

Bueno, un día llegó a la escuela un niño migrado de tierras con nombres extraños, Ciudad de México y Guadalajara, que traía un defecto análogo a mi catolicismo, era cristiano. Nos hicimos amigos sin pensar demasiado en esos asuntos de las religiones, mismos que aún nos parecían muy naturales y no cuestionábamos del todo. En algunas ocasiones, mis padres le habrán pedido a los suyos que los apoyaran, o tiraran paro, recogiéndome de la escuela. Y pues resulta que a mi amigo lo pasaban a votar a los grupos juveniles de la iglesia y a mí, con él. Para mí era muy interesante, una experiencia casi antropológica, estos cristianos por lo menos sí leían su biblia y no la murmuraban de manera soporífera entre gritos admonitorios del infierno y del mal del pecado (mito que, afortunadamente, luego desenmascaré), pero, sobre todo, tenía un grupo de pares con quienes convivir por las tardes. Mi infancia fue en su mayoría muy solitaria, pasé muchas tardes en el pequeño negocio de mis papás, inhalando involuntariamente los solventes y tinturas que se utilizan en una imprenta y que alguna de sus propiedades estupefacientes habrá predispuesto mi joven mente al pensamiento teórico y filosófico que cuajó en mi peluda adolescencia.

Y bueno, pues así las cosas, que le agarré gusto a acompañar a mi amigo a la dichosa iglesia cristiana. Un día, o debo decir casi una noche, porque la luz ya se iba, a los líderes de la congregación les pareció buena idea mandarnos a evangelizar, o algo así. Aunque no recuerdo la instrucción precisa que nos hayan dado, el objetivo era volver con nuevas almas para el rebaño o, por lo menos, esparcir la buena nueva con suficiente fe como para que los desprevenidos peatones pudieran, tarde o temprano, sentir el llamado. Armados con unos trípticos que habrán impreso con el espíritu del cartucho de la impresora, porque no se veía ni madres, o casi nada, y nuestros pueriles rostros doceañeros, nos dejaron ir libres por las calles en parejas de dos y tríos de tres.

Hoy por hoy miro ese momento y supongo que debieron ser verdaderos creyentes, porque mira que dejar a un grupo de quince o veinte niños bastante menores de edad dispersarse en grupos pequeños por las calles para hablar con desconocidos, bueno, no se explica por otra cosa que mucha fe o mucha irresponsabilidad, o la particular mezcla de las dos juntas que es tan común. Total que salimos a realizar la obra y los otros cristianitos iban comentando a voces que volverían con ríos qué digo ríos, mares, qué digo mares, océanos de nuevas y felices almas que encontrarían por las calles, deseosas de ser convencidas.

Obvio valían pa puras madres, o casi no le logró el objetivo, pero eso mi amigo y yo no lo sabíamos. Caminábamos los dos por la colonia aledaña evitando peatones, porque la instrucción era ir con la gente que encontráramos, pero si nosotros casualmente cambiábamos de banqueta y la persona, oh, mala suerte, seguía caminando por la banqueta original en lugar de cambiar también para encontrarnos del otro lado, entonces se podía decir que, técnicamente, no habíamos encontrado a nadie. Pero conforme Tonatiuh descendía del cielo y diositocristojudáico lo miraba con celos por no poder ser el único dios sobre la faz de la tierra, yo me preocupaba por mi amigo que volvería a la iglesia sin haber convertido ni una sola alma, ni al alma de un perrito callejero. Así que tomé valor y le dije, con la voz de pito que todos tenemos a esa edad, que yo quería, que a mí me convirtiera.

El pobre se quedó de a cuatro, o de a seis o muy pinches confundido, y titubeante dijo que él suponía que entonces teníamos que hacer una oración. Y supongo que algo oramos y nos regresamos a a la iglesia donde ninguno de los otros mocosos había traído ni a una de las mil personas que prometieron llevar y, yo, que ya había hecho mi oración.

Y nada, que toda la siguiente semana no sabía cómo decirle a mis papás que era cristiano, o traía un pedo atravesado. En algún momento solté ante alguno de ellos un escueto y vozpitero, "creo que quiero ser cristiano". Eso ya les habrá asustado bastante, pero nada como la tarde que llegaron los papás de mi amigo, o le cayeron, con sendos libros de cristianismo que debían continuar la labor, o jale o talacha, que había empezado su hijo, o chilpayate. A mí ni me avisaron que estaban allí ellos, y supongo que a ellos les habrá caído el veinte al ver la jeta de mis rucos, que nanáis niguas con sus rollos. Igual dejaron unos libros con portada de nubecitas y yo los guardé en mi librero sin la más remota intención de leerlos.

Lo que sí pasó, fue que luego llegó una tía mía, mujer muy culta y formadora de lectores, que tenía rato que me prestaba sus libros más adecuados para niños y me regaló El Mundo de Sofía. Estuvo a toda madre, o muy chido, y fue mi primer puente para leer libros que hablaban de filosofía, o mariguanadas, y de historia y de sociología y de pedagogía, o profesiones poco rentables. Supongo que mis apases le habrán contado el asuntito y ella, que era más atea que el pinche diablo, habrá dicho, mejor que este niño sea chairo a que sea aleluyo. 

Y de ahí pal real, o desde aquel entonces, me clavé en esas onda y hasta terminé enseñándolas. ¿No fue a caso Cristo quien me enseñó el camino, aunque fuera !pal otro lado!?

Los caminos del señor son inescrotables.

miércoles, 5 de agosto de 2020

¿Quiénes son lo parásitos? (II)

Quedó pendiente de la entrada anterior el tema del asesinato del señor Park por el señor Kim y cómo eso también encaja en la teoría de que los parásitos son los Park. La definición biológica dice que el parásito se alimenta del huésped debilitándolo, pero sin llevarlo a la muerte. Los Park, como parásitos, no llevan a ninguno de sus sirvientes a la muerte.

Primero veamos un poco el riesgo de muerte. A los pobres, el riesgo les viene de los otros pobres, como cuando la familiar Kim y Moon-gwang y su marido pelean, pero también les viene nomás por existir, por necesitar un lugar donde vivir. Los Kim viven en un sótano miserable en el que es difícil acceder al internet que utilizan para conseguir trabajo (que es condición para la vida) y que se inunda cuando llega la gran lluvia, misma que entre los ricos Park no tiene ningún efecto más que arruinarles el día de campo. O sea, hasta la naturaleza se los madrea.

Para Moon-gwang y su esposo, un tipo completamente raro, no es posible completar los dos ingresos que les permitan tener un hogar propio, así que viven escondidos en el bunker secreto de la casa, lo que al cabo los deja vulnerables ante la llegada de los Kim y conduce a ambos a la muerte. Por cierto, que si el hijo de los ricos Park creciera para convertirse en un tipo igual o más raro que el esposo de Moon-gwang, no quedaría en tal situación de vulnerabilidad. Las familias ricas con miembros inadaptados, pueden cuidarlos y procurarlos por toda su vida, sin mayor riesgo. Así que son los pobres los que están constantemente a disposición de los otros y, además, en riesgo de muerte, como los huéspedes.

Pero viene la cuestión del asesinato. Y aquí hay que aclarar algo, nada de esto pretende justificar las acciones inmorales de ricos ni de pobres, dentro ni fuera de la película. Luego van a decir que justifico el asesinato del personaje rico porque soy comunista y no. Quien miente, miente. Quien mata, mata. Quien se gana el pan, se gana el pan. Lo que pretendo, es explicar que no es lo mismo mentir, matar o ganarse el pan siendo los ricos Park que siendo los pobres Kim y que eso no tiene nada que ver con el esfuerzo que ponen unos u otros, sino con la condición social en que nacieron, por eso desde la entrada anterior insisto que los Kim trabajaban más duro que nadie.

Justo antes del asesinato, el señor Park y el señor Kim está agazapados detrás de los arbustos, listos para fingir que son indios en el juego de vaqueros del hijo de los Park. El señor Park dice algo así como: “Qué cosas ridículas hay que hacer por la familia” Y lo dice disculpándose, como si le diera penar poner al señor Kim a hacer eso.

¿Cómo habrá entendido esa declaración el señor Kim? Para ese momento el señor Kim ya había tenido que ser un experimentado chofer de lujo, y lo hizo por su familia, ya había fingido no estar emparentado con su familia, y lo hizo por su familia, ya había peleado cuerpo a cuerpo contra otro hombre, y lo hizo por su familia, y podríamos agregar mil cosas más a la lista. El señor Kim es un hombre de familia, más que muchos otros y habiéndoselo ganado a pulso (de hecho, su familia entera es una “familia de familia” dispuestos a apoyarse hasta el final). Es más ¿qué no daría el señor Kim por tener un jardín en el que poder hacer fiestas con los amigos de la familia durante las cuales hacer cosas ridículas que alegren el ánimo de todos? Parecería que esa vergüenza que el señor Park muestra, hace dudar al señor Kim sobre quién es su interlocutor. ¿Quién será esta persona que se dice padre de familia y que no puede mostrar el entusiasmo más básico?

Entonces el señor Kim regresa a un tema que ya habían tratado antes, y dice algo así como: Usted sí ama a su mujer, si está dispuesto a esto. Parecería que el señor Kim está dispuesto a entender que tal vez la personalidad del señor Park le impide sentir demasiado entusiasmo por la idea de disfrazarse durante la fiesta, al fin y al cabo, todos tenemos nuestros caprichos. Y esto parecería comprensible, en el marco del amor a la familia y, en especial, a la mujer. Como decir “bueno, entiendo que no te fascine jugar a los indios y vaqueros, pero no pasa nada si lo haces por amor a la familia”.

Esa frase es como si el señor Kim extendiera la mano y dijera “venga, sí somos muy diferentes, pero más allá de ser rico y pobre, podemos tener esto en común.” Si pudieran coincidir en ese aspecto del amor a la familia, el señor Kim podría encontrar un punto en el que sentirse identificado con el señor Park y trazar una alianza más allá de la clase social. Pero en lugar de una respuesta que le deje ver que hay un valor compartido, el señor Park omite el tema y le ofrece dinero a cambio de esas horas de trabajo fuera de lo normal.

¿Cómo habrá entendido esa declaración el señor Kim? El señor Kim acaba de explicar lo que para él debe ser el valor más alto por el que actúa un hombre y, a cambio, recibió la respuesta del dinero. La ocasión anterior en que había preguntado por el mismo tema, el señor Park decidió evadir al asunto con un tono como diciendo “usted no lo entendería”, en un tono que claramente implicaba que no estaba enamorado de su esposa y, tal vez ya poniéndole mucha imaginación, que agregaba algo como “usted que es gente simple no lo entendería”.

Al vivir en esa grande y moderna casa ¿cuál es el punto de tener todo lo que se quiere, si no se quiere todo lo que se tiene? Tal vez esto le revela al señor Kim que esa vida de los Park, no es la vida bella de una familia feliz que está adicionada con dinero, así como a un buen taco se le adiciona salsa para mejorarlo y sin modificar su esencia. Sino que el dinero es, en realidad, todo lo que hay allí; la felicidad de los Park es una ilusión construida sobre el estatus y el dinero y si esto se acabara, probablemente los Park no sobrevivirían manteniendo el tipo de unidad que mantiene a los Kim juntos a través de la dificultad.

El señor Park no sólo logra bloquear toda posibilidad de identificación entre él y el señor Kim, sino que además logra que el señor Kim quede en la actitud correcta para, unos instantes más tarde, identificarse con el raro esposo de Moon-gwang, despertando esa consciencia de clase que la escuela soviética aplastó con entusiasmo.

Viene la escena de acción de la película. El esposo de Moon-gwang emerge del sótano y toma un cuchillo, camina hasta el jardín, donde, antes de que el señor Park y el señor Kim puedan montar la escena de indios y vaqueros, acuchilla a la hija de los Kim. Tras ver el asesinato, el hijo de los Park cae desmayado. Un invitado, suponiendo que el esposo de Moon-gwang es sólo un loco, intenta detenerlo, pero el hombre se defiende y lo acuchilla. El padre de los Park corre y levanta a su hijo desmayado con la intención de llevarlo al hospital, pasando junto al cuerpo de la hija de los Kim, acuchillada en el corazón, sin pensar siquiera en llevarla también. El padre Park recuerda que no trae las llaves del auto y se las pide al señor Kim, quien en ese momento intenta detener la hemorragia de su hija con las manos. El señor Kim le arroja las llaves al señor Park pero, en medio de la refriega, la madre de los Kim apuñala al esposo de Moon-gwang y las llaves quedan bajo del hombre moribundo. Entonces, el señor Park se acerca y gira al moribundo para sacar sus llaves, pero no puede tolerar el olor del hombre que ha vivido los últimos años encerrado en un sótano y se tapa la nariz para poder terminar de tomar las llaves.

¿Cómo habrá entendido esto el señor Kim? El señor Park pasó junto a un niña que acababa de ser apuñalada en el corazón y la ignoró, en cambio, tomó a su hijo que sólo se había desmayado (y no digo que un padre no se preocupe por su hijo en esa situación, pero en lugar de pedirle las llaves a Kim, pudo decirle, “ven corre, trae a tu hija y llevemos a todos al hospital”). Además, el señor Park le acaba de demostrar hace unos segundos que el amor por la familia no le resulta realmente valioso. Es decir, Kim presencia a un hombre que ignora la vida a punto de perderse de alguien y que ignora el entregarse por amor, pero que, en medio de una situación así, sí tiene tiempo de hacerle fuchi al olor que la gente pobre tiene porque ese es el olor de quien vive en circunstancias duras.

No hay que olvidar que el señor Park ya se había quejado antes del olor del señor Kim – en aquella escena en que la familia Kim está debajo de la mesa de sala, mientras el matrimonio Park tiene relaciones sexuales en el sillón. Y antes aún, el hijo Park había dicho que todos los empelados domésticos olían del mismo modo (llevando a la familia Kim a inventar alguna locura para cambiar su olor corporal, porque incluso eso es necesario para entrar al mundo de los ricos).

Entonces es que el señor Kim se da cuenta que para los ricos, los pobres son todos iguales, todos apestan. El gesto del señor Park revela que a los ricos no les molesta que los pobres vivan en condiciones difíciles, sino que la pobreza interrumpa su experiencia estética de vida pulcra e inmaculada. (Hay que recordar cómo hace unos días uno de los asistentes a la marcha del frente anti AMLO dijo en su tuiter, haciendo referencia a los autos de lujo en los que muchos circularon, que la marcha fifí había sido más estética que las marchas chairas.)

Es entonces que queda claro para el señor Kim no sólo que no hay un solo punto de coincidencia social en la que pueda identificarse con el señor Park, sino que en esa pobreza que lo hace igual al esposo de Moon-gwang, ni siquiera en la muerte merece respeto por parte del señor Park. Entonces lo mata. El parásito nunca mata al huésped, porque lo necesita para vivir, pero el huésped mata al parásito cuando se han cansado de que le chupen la sangre.


viernes, 17 de julio de 2020

¿Quiénes son los parásitos? (I)

*Espóiler aler*

Ya tiene rato que salió "Parásitos" de Bong Joon-ho, ya sé voy tarde. Pero es que después de meses, estuve hablando con unos conocidos y resulta que entendimos toda la película completamente al revés. Según estos conocidos (y parientes) míos, los parásitos son la familia Kim, los pobres, y según yo, lo parásitos son la familia Park, los ricos. Luego pregunté entre más amistades y sólo unos pocos habían entendido lo mismo que yo. Así que decidí escribir una entradita sobre el tema, pero resultó que en el proceso, pues salieron dos entradas. Y aquí va la primera.
Tras ver la película se pensará, bueno, la familia Kim no tenía trabajo, mientras que la familia Park tenía mucho dinero. Y la familia Kim se las arregló para sacarles dinero de una manera que muchas veces implicaban mentir y fingir. ¿No es eso ser unos parásitos? Pues no es así, los parásitos de la película son la familia Park y me propongo demostrarlo, para lo cual necesito que se tenga en mente una definición de parásito que dice que se trata de un organismo que se alimenta de otro organismo huésped sin llegar a matarlo.
Pensando en esa definición, comienzo. En la película, los pobres se pelean por servir a los ricos. Las detalladas estrategias de la familia Kim para lograr que los Park despidan a todos sus sirvientes, son propiamente planes de guerra con recolección de inteligencia y ejecuciones con la precisión de un grupo de fuerzas especiales (por no hablar de los momentos en que de hecho los Kim pelean físicamente – y hasta la muerte – con la vieja ama de llaves y su marido), pero, de nuevo, todo este increíble despliegue de estrategia y fuerza – que los ricos Park no tienen que hacer para conseguir nada – está destinado a nada más que quedarse con lo que en la mesa de los ricos son mera migajas.
Aquí tengo que conceder que los Kim sí que comen de los Park, lo que parecería indicar que los Park son el organismo huésped y los Kim son los parásitos que se alimentan. Veamos antes de apresurar conclusiones, unas cosas más. Cuando hay un huésped y un parásito, el que pelea por la supervivencia y lleva la carga más pesada es el huésped; todo el punto de ser un parásito, es no tener que esforzarse demasiado. Y antes de ver los otros argumentos hay que prevenir otra cosita, la familia Kim es una familia que no deja de luchar para sobrevivir. Un ojo malacostumbrado a no poner atención en las películas, podría concluir que los Kim son unos flojos que buscaron el modo más fácil de ganarse la vida. Pero la primera escena demuestra literalmente cómo antes de conocer a los Park, ya estaban haciendo todo lo que fuera posible para conseguir trabajos, buscando la señal de internet en los lugares más extraños para pedir trabajos y armando montañas de cajas de pizza a cambio de cantidades miserables de dinero. Tanto antes como después de conocer a los Park, los Kim no paran de trabajar. Eso es un comportamiento más de huésped que de parásito.
Volvamos a las fantásticas estrategias de los Kim para deshacerse de los empleados de la familia Park, estas funcionan porque para los ricos, los pobres son reemplazables. Podemos imaginar que incluso si la película no terminara del modo en que termina, tarde o temprano los Park se hubieran visto en la necesidad de reemplazar a sus nuevos sirvientes Kim, y lo habrían hecho igual que con los anteriores, con un dejo de lejana preocupación o incluso de molestia, pero sin tomar demasiado a pecho la pérdida. Para estos ricos, los pobres sólo son piezas que cumplen una función práctica en la comodidad de su vida y, de donde salieron estos, hay bastantes más que están dispuestos a hacer el trabajo. Del mismo modo, son los parásitos los que buscan huéspedes como piezas reemplazables. Los pobres no están en la misma situación, para ellos una familia rica no es meramente una pieza más que sólo cumple una función, no la pueden reemplazar fácilmente por otra.
Aunque parezca lo contrario, los pobres no dependen de los ricos, del mismo modo en que huésped no depende del parásito. Sí es cierto que en un momento dado, los Kim llegan a obtener todo su ingreso de los Park, pero antes de eso aún eran capaces de lograr su manutención, aunque el esfuerzo diera menos frutos. En realidad, si pensamos en todo el empeño que pasaban antes (el armado de cientos de cajas) y el empeño que pasaron después (cumplir con los perfiles de alta exigencia de los padres Park), los Kim hacen casi la misma cantidad de trabajo antes y después de conocer a los Park. Lo que sucede es que da mejor resultado trabajar para los ricos que para la pizzería.
Si los pobres necesitaran a los ricos, como un parásito necesita a un huésped, tendríamos una relación uno a uno, cada familia Kim tendría una familia Park. Pero eso no es cierto, hay miles y miles de pobres que no dependen de una familia rica, sino que se las arreglan por sus propios medios. Por otro lado, al iniciar la película, los Park ya tenían un grupo de sirvientes pobres atendiéndolos y es evidente que si se vieran en la necesidad de hacer todo el trabajo del servicio por ellos mismos, no lo lograrían. Así que los ricos sí necesitan de los pobres, como un parásito necesita de un huésped.
Esta facilidad de reemplazo nos lleva a otra diferencia, los ricos pueden poner cuantas reglas quieran a los pobres, Park Dong-ik (el padre rico) puede darse el lujo de exigir un chofer que pueda conducir por la ciudad mientras él mantiene una taza llena de café en la mano sin que esta se riegue al dar una vuelta ni frenar. Kim Ki-taek (el padre pobre) necesita estar a la altura de las exigencia del señor Park, lo que nos revela que en verdad había sido conductor antes y que tenía una habilidad muy fina para la conducción. Park Yeon-kyo (la madre rica) puede vivir en su mundo fantástico en el que su hijo es un gran artista que tiene una personalidad caprichosa por su genio escondido, y no porque sea un niño demasiado mimado, mientras que Kim Ki-jung (la hija pobre) tiene que inventar y actuar permanentemente un personaje de niñera-experta en arte que le de sustento a esa idea descabellada. Nada de esto quiere decir que los pobres sufran por hacer estas cosas, es cierto que a veces se divierten preparando los engaños que le presentarán a los ricos. Pero sí es cierto que es una situación en la que los pobres tienen que hacer cualquier cosa necesaria para satisfacer las exigencias de los ricos – falsear diplomas, fingir que no son familia, tener excelente habilidades de manejo y esperar viviendo en la pobreza a que llegue el momento de actuar – mientras que los ricos no tienen que hacer nada para satisfacer ninguna necesidad de los pobres (y es que los pobres, más que exigencias o caprichos, tienen necesidades).
Ahora, tampoco quiero decir que la familia Park sean unos buenos para nada, obviamente el padre es muy exitoso en lo que hace y debe tener también habilidades y conocimientos muy importantes, pero una diferencia es que los ricos pueden poner sus saberes y habilidades al servicio de sí mismos y obtener un pastel, mientras que los pobres tienen que poner su saberes y habilidades al servicio de los ricos, para poder obtener las migajas. El parásito pone sus capacidades al servicio de sí mismo, mientras que el huésped las pone al servicio de ambos.
Si pensamos en Moon-gwang (la vieja ama de llaves) ella había logrado que los ricos sí se adaptaran a una de sus necesidades: que no hubiera duraznos en la casa, dada su alergia. Entonces es todavía más significativo que la única ocasión en que una personaje pobre puede mostrar su debilidad, esta es utilizada en su contra como parte de la guerra de los pobres. Y aunque es cierto que la familia Kim engaña a la señora Park para pensar que la enfermedad de Moon-gwang es muy grave y no debería estar cerca de los niños, también es cierto que la señora Park nunca desarrolló un interés genuino y suficiente por su empleada, como para poder corroborar lo que estaba sucediendo. En este sentido los pobres se vuelven personas moldeadas para los ricos, y los ricos son personas que moldean a otras para sí mismos; cualquier imperfección en los ricos se convierte en un capricho que será aprobado y satisfecho por los pobres, cualquier imperfección es los pobres es una debilidad que los pone en riesgo. Así, los Park gozan de todos los servicios de los Kim sin tener que hacer más que pedirlos, y los Kim hacen cualquier clase de esfuerzo descabellado con tal lograr un trabajo.
Todo esto me recuerda a los migrantes indocumentados en los EUA, que cruzan un desierto, un río, huyen de los animales salvajes, sobreviven a la deshidratación, dejan a sus familias, sobreviven al narco y a las policías de todos los países, para poder llegar y tener derecho a trabajar, se chingan como nadie para poder tener acceso al trabajo ¿Quiénes llevan la mejor parte y quiénes se esfuerzan más?
Falta ver cómo encaja en todo esto el momento del asesinato del señor Park a manos del señor Kim, pero eso quedará para la siguiente entrada.

viernes, 10 de julio de 2020

Dark: mi serie conservadora favorita


No lo parece a primera vista, pero Dark es una serie muy conservadora. Justo como plantea la misma serie, lo importante es lo que está más allá de la primera vista, para notarlo hay que ir al origen. ¿En qué sentido lo digo? Y es que eso de conservadurismo puede querer decir muchas cosas, que cambian incluso según la época en la que estemos (guiño guiño). Quiero decir que Dark es una serie conservadora, principalmente, porque su argumento está basado en una idea que rechaza la diversidad. Lo que estoy diciendo tiene que ver y, al mismo tiempo, no tiene que ver (bueno, si vieron la serie, les gustan las apradojas ¿no?) con lo que suele entenderse por diversidad coloquialmente. Es decir, no estoy diciendo que Dark sea una serie homofóbica, ni racista, ni clasista, ni nada de eso, sino que se basa sobre el mismo principio común de todas esas formas de imposición.
Sí es cierto que en la serie podrían señalarse alguna de estas cuestiones, por ejemplo, apuntar a la falta de personajes no blancos y no alemanes. Aunque a esto también se podría responder que en una historia que parte de familias instaladas en un pequeño pueblo alemán desde finales del siglo XIX, con la (no mencionada) segunda guerra mundial en medio, es difícil incluir mucha gente no blanca. Así que la cosa no va por ahí. Todavía más, es cierto que tenemos un personaje trans con un breve, pero feliz, arco que concluye con una existosa aceptación pública de su identidad, pero tampoco es realmente eso a lo que me refiero.
Habrá también quien pueda hacer notar la distinción de género como un principio fundamental de la historia: en un mundo manda un niño y en otro mundo manda una niña, en el mundo del niño el objetivo es destruirlo todo, como lo dicta la dureza del macho; mientras que en el mundo de la niña, el objetivo es salvar al mundo que ha dado la vida, preservar a la fuerza materna, como lo dicta la maternidad de la hembra. Este reforzar los roles de género en una "guerra de los sexos" - guerra espaciotemporal de los sexos - bien apunta a un entendimiento más conservador de cómo funcionan las cosas, dividiéndolo todo en dos que están en "natural" conflicto. Bueno, esto se acerca más a lo que quiero decir, pero aún es un nivel en el que, como dirían Claudia y Eva, no hemos entendido cómo jugar este juego.
Y a lo que vamos, pues lo que la serie nos dice es que había un mundo original que estaba bien hecho, hasta que alguien que no supo dejar ir la muerte de sus seres queridos, y lo rompió por aferrado. Es esto lo que Claudia encuentra, que ni el mundo de Eva ni el de Adán son, por decirlo así, verdaderos, sino que son consecuencia de un error cometido en un mundo "original". Cuando HG Tannhaus del mundo original intenta volver el tiempo atrás para revivir a su hijo, su nuera y su nieto, "rompe" su mundo original creando dos réplicas. Cada réplica es una versión deficiente del mundo original, por lo que no pueden evitar terminar en un cataclismo apocalíptico, algo así como el alcohol adulterado que por ser una copia deficiente, no puede evitar llevar a quienes lo consumen a la ceguera. Son cosas imperfectas que no pueden tener más que un destino imperfecto.
En estos dos mundos, además, se replica el "pecado original", que fue la incapacidad de dejar ir. En la medida en que ningún personaje de la serie quiere dejar ir sus errores del pasado, impiden que se rompa el ciclo. Es como si una taza se cayera de la mesa y se rompiera en dos partes, cada una que es un fragmento imperfecto de la versión original. Si cada pedazo de la taza tuviera voluntad propia y se aferrara a seguir siendo un pedazo de taza rota, si no se dieran cuenta de que antes ambos pedazos pertenecían a una unidad original, no sería posible ponerles pegamento y restaurar la primera taza; al mismo tiempo, ningún pedazo puede cumplir con la función de una taza real y contener café.
Esto nos sugiere que hay una versión original de las cosas, que es una unidad perfecta, y que las alteraciones sobre esa versión son imperfecciones que no pueden funcionar y que deben ser evitadas a cualquier costo. En la serie esto representa incluso el costo de renunciar a uno mismo (como Claudia renuncia a sí misma permitiendo su muerte, y como Jonas y Martha renuncian no sólo a su propia existencia, sino a la existencia de su amor). El asunto puede funcionar bien para las tazas, pero si se lleva esta lógica a casi cualquier situación social, se tiene un conservadurismo totalitario. Si asumimos que hay una versión original del deseo, la heterosexualidad, y que cualquier variación de eso es deficiente, pues terminamos ya sabemos con qué modo de discriminación. Lo mismo si asumimos una religión verdadera. Mismo con un color de piel correcto. Y agréguenle lo que quieran, si se parte de asumir que la unidad es el principio sagrado máximo que debe ser salvado a toda costa, se deriva lógicamente, que todo lo que no sea unidad, no es válido. Unidad tiene que ver con uno, así que es uno el que está bien, pero más de uno, la pluralidad, la diversidad, está roto y hay que evitarlo. No sorprende así la obsesión de las mentes conservadoras con demostrar que la homosexualidad no es natural, así no es genética, no es original, no es parte de la unidad perfecta y sí es parte del error de la multiplicidad, es factible de ser corregida. (No nos sorprendamos tampoco del corporativismo del PRI, por ejemplo, con su presidencialismo y su "quien quiera la silla, que se forme". Es parte de lo mismo.)
Bajo esta óptica, cuando Claudia y los escritores de la serie nos dicen que hay que dejar ir aquello que somos, incluso al amor imperfecto que construimos, con tal restaurar el balance original, se parece demasiado a quienes dicen que gays o lesbianas necesitan pasar por terapia de reconversión y dejar ir su identidad y sus amores con tal de privilegiar el modo "original" del amor; o recuerda también a la ley del "one drop" que decía en los EUA que un hijo de blanco con negra - o al revés - era ya negro y por lo tanto esclavo, que el niño debía renunciar a su identidad de herencia doble con tal de legitimar el sistema "original" de razas, evitando que la frágil taza del sistema polítco-económico esclavista se rompiera.
También bajo esta óptica, resulta bastante amargo ese juego de que en los mundos imperfectos, alguna de las hijas de Hannah es sordomuda, al policía Wöller le falta un ojo o un brazo y a Helge una oreja o un ojo, mientras que en lo que alcanzamos a ver del mundo original, no hay gente a la que le falten miembros o el uso de algún sentido, incluso a Wöller le preguntan del accidente con el ojo, pero se trata de un accidente donde no pierde nada, como si la gente con estas condiciones corporales perteneciera a mundos imperfectos, como extendiendo demasiado literalmente la metáfora de las tazas rotas a las personas, negando un poco la diversidad de cuerpos.
Es por esto que afirmo que Dark es una serie conservadora: para aceptar la solución al problema de la trama, hay que aceptar un principio que tiene por consecuencia la negación de la diversidad. Tengo que apuntar que no me gusta demasiado andar marcando esa diferencia entre liberales y conservadores, en realidad creo que conservadores y liberales están metidos en un nudo espacio temporal similar al de Adán y Eva en Dark, nudo que yo mismo no sé desenredar, pero que no hay que tomarse demasiado en serio en lo que esperamos a que llegue una Claudia que lo entienda. Mientras tanto, sí que creo que un par de cosas se pudieron hacer diferente con el nudo de la serie.
El rechazo a la diversidad en Dark viene del origen mismo, de ese origen que es la resolución de los problemas de la serie, después de todo, ¿qué el principio no es el fin y el fin es el principio? Mientras Jonas/Adán y Martha/Eva intentaron cambiar las líneas de tiempo de sus mundos con tal de lograr sus objetivos particulares, no lograron más que repetir el ciclo de los sucesos. Esto sucede porque cada uno de los dos estaba buscando la solución a los problemas sin pensar fuera de la caja, Jonas/Adán buscaba destruir todo trayendo el final, mientras que Martha/Eva buscaba preservar el inicio; representaban dos fuerzas opuestas sólo en la apariencia. Aunque es cierto que eran opuestos en la medida en que actuaban uno contra el otro, ninguno de los dos cuestionaba la posibilidad de que el origen se hallaba en otro lugar, en un tercer mundo. Así, su "oposición" sólo lograba perpetuar la situación. Lo que descubre Claudia es que ambos estaban equivocados, que mientras ambos pensaban que el origen era la relación amorosa entre los dos, Claudia cae en cuenta de que incluso esa relación es producto de algo más primigenio y que mientras no se atienda ese problema más fundamental, no importa cuántas vueltas le des al nudo, este seguirá allí.
Esta es una lógica fundamental de toda la serie, si entiendes el principio de un problema, puedes lograr su final. No podemos terminar una pandemia, si no entendemos que su origen está en un virus, en el ADN. Sin entender eso, no somos más que médicos medievales que pueden hacer mil cosas que no alterarán las consecuencias fatales del virus puesto que no entienden que la solución no es la quema de cadáveres, las máscaras de ave, las sangrías o las plegarias, sino la vacunación y el distanciamiento físico. Podemos decir que ni Adán ni Eva habían logrado ver el lado genético del problema del virus, por eso aunque hacían una complicada danza de piezas de ajedrez, no lograban cambiar las cosas. Sólo Claudia logra ver ese aspecto genético, por cierto, que genético viene de génesis que quiere decir, origen.
La serie parece entonces quedar allí, la doctora Claudia da una explicación viable del virus, da un diagnóstico acertado, prescribe una receta, manda a Jonas y Martha a administrar la medicina adecuada y ¡zas! la pandemia se acaba. Además, en medio de todo esto, nos dan una bonita máxima de filosofía milenial "tienes que dejar ir, desprenderte" o como diría san Juanga "no te aferres, ya no te aferres a un imposible, ya no te hagas, ni me hagas más daño, ya nooooooo". Esta misma noción de dejar ir circula mucho en algunos iluminados posts de mandalas con mensajes espirituosos de los que comparten algunas gentes de mi generación antes de continuar con su clase para instructores de yoga y después de su vaso mañanero de combucha. Pero que, bueno, la noción tiene mucho de cierta más allá de quién la diga, de hecho, es tan tan cierta, que habría que dejar ir la idea de que Claudia acertó en su receta. Aunque definitivamente acertó en el diagnóstico, su receta me parece poco afortunada.
Si la taza se rompe al caer de la mesa, quiere decir que la taza no es una unidad perfecta. Si la taza realmente fuera una unidad perfecta, no habría fuerza capaz de romperla. Como todos sabemos, la taza es una amalgama de partículas de barro, cerámica, vidrio, etc. La taza en realidad siempre fue una multiplicidad de millones de partes que dan la apariencia de unidad, por los procesos de cocción o de fundición del material con el que se hicieron. Cuando la gravedad y el suelo rompen a la taza en dos, no han destruído la unidad ni creado una imperfección, sólo han revelado la diversidad que estaba contenida allí adentro. Quiero decir que la unidad es una ficción, creada por nuestras mentes que son buenas para encontrar patrones. Me parece más lógico pensar en la taza como una especie de confederación de partículas que bajo las condiciones correctas de calor y de un molde, conforman una taza, y que su unidad no es original sino que es el resultado de su coordinación bajo esas condiciones correctas.
Pienso que Adán y Eva en realidad estaban más cerca de la respuesta correcta, que Claudia. Adán y Eva pensaban que el origen estaba en la relación amorosa de ambos. Adán decidió destruir la relación y Eva decidió conservar sólo un lado (Claudia eligió que se renunciara a la existencia de la relación), pero creo que la respuesta más humana habría sido fortalecer la relación amorosa ¿qué mejor pegamento para dos pedazos de mundo que el amor? Esa sería la primera gotita de pegamento entre las dos tazas, pero sería necesario traer más, hacer más viajes donde se conocieran más personas de distintos mundos y se enamoraran. En una de las escenas finales, Ulrich y Franziska le dicen a Martha del mundo de Eva que puede salvar a Jonas si elige la lealtad al mundo de Adán, este juego de lealtades estilo cámara de diputados es lo que me parece que termina por arruinarlo todo. Si los personajes renunciaran y dejaran ir su obsesión con arreglar las cosas y dejaran de ser serviles a líderes obsesionados con el poder de solucionarlo todo desde sus individuales cabecitas (¿suena otra vez al PRI?), y utilizaran sus viajes en el tiempo para establecer lazos sólidos, hacer la paz con su pasado y garantizar las relaciones amorosas entre personajes, en lugar de destruirlas como parte del camino hacia el poder ¿no se habría tenido incluso una comunidad lo suficientemente fuerte como para hacer frente al apocalipsis?
Todos, como individuos y como sociedad, estamos en alguna medida rotos, de algún modo somos una taza que se cayó y no hay posibilidad de volver al pasado para arreglar ninguna de esas cosas. En lugar de dejar ir la diversidad en el nombre de la sacrosanta unidad, yo le diría a los guionistas que lo que hay que dejar ir es la ilusión de que todo estaba bien en un principio (de un jardín del Edén, de una época dorada donde America was great) y de que es posible recueprar la gracia perdida, el paraíso del que fuimos expulsados cuando el árbol de la ciencia del bien y el mal (la máquina del tiempo del mundo original) nos sacó hacia el mundo que se dirige al apocalipsis. Dejemos ir esa ilusión de unidad original y aceptamos la diversidad originante, que es no es original, es originante, porque no le importa qué vino antes y no se obsesiona con que el pasado tenga que ser restaurado; si aceptamos que haya sido lo que haya sido antes, hoy existe la diversidad que tenemos, estamos en mejores posibilidades de decidir poner pegamento por acá o por allá, o, incluso, olvidarnos de que la taza servái para contener café y hacer un collage con nuestros platos rotos. Es decir, si somos conscientes de nuestra diversidad, podemos dar origen a una unidad por coordinación de las partes que deciden participar y no por la imposición de un mito fundacional.

lunes, 1 de junio de 2020

El lenguaje lateral y subversivo del que ama (Diario de cuarentena 5)

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"Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón."



Y nada, pues está tremendo esto del Sabines. Me llamó mucho la atención esa parte en que dice, ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. Me hizo pensar que si hay un lenguaje lateral y subversivo, pues tiene que haber un lenguaje frontal y, no sé qué sea lo contrario de subversivo, sumiso ¿sabes? Como oprimido, quién sabe. Y si el lenguaje lateral y subversivo es esas pláticas del cotidiano, el lenguaje frontal son esos teamos y tequieros grandilcouentes y cuanto más estrafalarias las declaraciones, más frontales y, pues si no son sumisas, lo contrario de subversiva es por lo menos que sigue la corriente, y es eso, entre más quieren salir de lo común, más siguen la corriente. Pero luego lo curioso que hace, es eso de decir que lo subversivo es esa conversación del día a día ¿no? Del qué calor hace, del dame agua, del ya es tarde. No por decir que cualquier cosa ya, por trivial, ya sea el amor, ¡no! Sino, supongo, porque hay momentos en que eso se dice y que vale mucho más que otras cosas, más que los gestos grandiosos. Aunque parecen frases triviales, si las pones en el contexto correcto, hablan de la disposición de la entrega y del cariño amoroso. De estar en esa reunión, donde sabes que la otra persona no quiere estar y le dices que ya es tarde, como si fuera cosa tuya, para que todos los presentes disculpen y piensen que es cosa tuya, pero en realidad es porque sabes que ya se quiere ir. Tan contrario a la impertinencia de los grandilocuentes que detienen partidos de básquetbol para pedir matrimonio en medio de la cancha y para que luego les digan que no. Que no. 
Medio me detengo, mira, pero no mucho, para decir que ni Sabines ni yo - y tengo derecho a hablar por los dos - tenemos nada contra el lenguaje frontal y sumiso del amor, también tendrá su lugar, pero es que quienes aman cada día por convicción vital y no en las coyunturas, por demostrar, saben que el lenguaje lateral puede llegar mucho más lejos.
Y me vino a la mente pensando en las parejas antiguas, esas donde no había mucha posibilidad de divorcios ni de elegir con quién casarte ni nada de eso. Recuerdo que una vez ya nos preguntábamos si en esas parejas había amor o cómo era eso, porque algunas parejas sí que llegaban a viejos sin haberse querido separar nunca, pero lo que tenían no se parecía a lo que de jóvenes nos parecía el amor (que era mucho más frontal), y nos preguntábamos si había algún tenue y perspicaz secreto para durar el amor toda la vida o si lo que había allí era un mero hábito horroroso. 
Esto me recordó también que en mis relaciones me gusta alejarme del lenguaje frontal, que hasta ahora no sabía que eso era lo que hacía, no por no decir te quiero, que sí lo digo, sino que me gusta inventarme cosas raras o resignificar palabras que las sacas del contexto a la fuerza y sólo pueden querer decir "te estoy poniendo atención" porque entre dos que saben por dónde quieren andar, ese ya es el único contexto en que se puede leer cualquier cosa.
Y bueno, pues, esta es la opción que da Sabines, además súper antropológica, súper de la vida cotidiana. Y me quedé pensando eso, si esas parejas que nos parecía que habían caído en la rutina, no habían caído en la rutina, sino que habían encontrado ese lenguaje lateral y subversivo. 
Y subversivo, es lo que más me llamó la atención de todo esto, porque justo donde parece lo más invisible y pequeño e intrascendente es el lugar donde logra acomodar lo más grande y lo más profundo.
Y, además del amor, me deja pensando ¿qué quiero hacer de mi vida? En todo sentido pero, por ejemplo, en términos laborales. El éxito o la influencia que parece que uno tiene que buscar en el trabajo, ese tener un gran puesto en el gobierno o en las corporaciones (bueno, las corporaciones no son para mí) o ser un autor publicado, pues allí no hay lugar para estas subversiones, siempre es la centralidad y la grandeza y no lo sutil del día a día.
Allí estuvo mi problema mucho tiempo, yo habría visto al Sabines decir esto y habría pensado, pinche viejito cursi. Porque viendo el amor desde lo frontal, así fuera para pelearme con él, que es lo que hacía, no veía que cuando se sabe hablar del amor, se habla de la vida.