lunes, 6 de marzo de 2017

We don't have so many doors!

fig. 1 puertas de la calle
We don’t have so many doors. Fue la conclusión de un diálogo sobre la amabilidad y las diferencias culturales que sostuve con una compañera india en Nueva York.
La infraestructura es algo que damos por sentado hasta que no funciona o hasta que no hace sentido con nuestra cultura. Es decir, no tenemos idea de qué es un sistema operativo – y de hecho nos importa un bledo – hasta que la computadora se congela en una pantalla azul. O bien, las puertas son una cosa cualquiera de la vida diaria, ¡hasta que hay demasiadas!


fig. 2 para salir del foyer
¿Cómo puede haber demasiadas puertas? En un día normal llego a la universidad y, supongamos, voy a ver a un equipo para trabajar en la cafetería. Entro por un par depuertas que son la entrada de la calle (fig. 1), pero eso no me da entrada precisamente a la parte principal del edificio, sino a un espacio que en México no acostumbramos – aquí se pone cultural el asunto – y se llama foyer. El foyer es un espacio que se define por estar entre dos juegos de puertas. Así, tal cual. Uno entra de la calle a una habitación que puede ser pequeña si se trata de una casa o grande si es un edificio como mi facultad y no hay nada salvo por otro par de puertas que están del otro lado; probablemente hay una banca para poder disfrutar de la experiencia de sentarse entre dos pares de puertas – experiencia única para un mexicano. Bueno, continúa mi recorrido, salgo del foyer atravesando el
fig 3. dos puertas dobles para entrar a la escalera
segundo juego de puertas (fig. 2) y me encuentro en la recepción, me identifico con mi credencial, paso al pasillo principal y camino un par de metros hasta otro juego de puertas. De hecho, ahora hay dos juegos de puertas dobles (fig. 3), un juego junto al otro ¡y todas dan paso al mismo lugar! Así que puedo elegir si quiero pasar por el juego de puertas de la izquierda o el de la derecha, igual me llevan a las escaleras. Bajo por las escaleras y atravieso otro par de puertas para salir al sótano (fig. 4). Tras recorrer un par de pasillos en el laberinto del sótano, llego a otro par de puertas (fig. 5) tras las cuales hay un espacio cuadrado, a mi izquierda hay otra puerta que conduce a un pasillo que no me interesa, junto otra puerta
fig. 4 para salir de la escalera
para una oficina que tampoco me interesa; a mi derecha hay otras escaleras y frente a mi hay ¡otro juego de puertas dobles! (fig. 6) Atravieso ese juego de puertas dobles que me lleva a otro pasillo al final del cual hay otro juego de puertas dobles, siempre abiertas, tras el cual se encuentra la cafetería (fig. 7). Atravesé siete juegos de puertas, de las cuales tuve que abrir seis. En mi facultad de México – no menos laberíntica – habría atravesado tres juegos de puertas que están siempre abiertas. No sólo son muchas puertas, sino que la mayoría – en especial las del
foyer  que da a la calle – son tan gruesas y pesadas que no es raro ver gente forcejeando para abrirlas.

Entre las opciones posibles para explicar este asunto se cuentan: los arquitectos eran fans de Jim Morrison, había que justificar gastos, el sindicato de porteros era muy poderoso o bien, latitud y altitud. Dado que la ciencia sugiere siempre quedarse con la explicación más aburrida, voy con latitud y altitud.
fig. 5 puertas en el pasillo
Nueva York tiene la humedad de una ciudad costera y se encuentra ya muy entrada en el hemisferio norte; los inviernos alcanzan temperaturas bajo cero y los veranos, aunque con moderados 28°C, tienen una humedad sofocante del 90%. Para regular la temperatura de los edificios grandes es útil dividirlos en espacios más pequeños, por eso los juegos de varias puertas que subdividen pasillos y escales. Y los foyers  sirven como aislantes entre el interior y el exterior; las puertas gruesas y pesadas también ayudan a ello.
Pero la conclusión de mi conversación era sobre la amabilidad. A mi amiga india y a mí nos sorprendía que los neoyorquinos parecen en general gente bastante más indiferentes que los rajastanos o los cholultecas, parecen más secos y distantes en algunas cosas que para nuestros países de origen se considerarían amabilidad fundamental; salvo por las puertas. En torno a ese pedazo de infraestructura con bisagras se condensa la expresión de atención humana más
fig. 6 puertas después de las puertas de la fig. 5
fundamental de los neoyorkinos: sostener la puerta para que pase alguien más. Si entras al edificio y alguien viene inmediatamente atrás, sostienes la puerta hasta que la alcance o incluso la mantienes abierta para que pase; lo mismo si vas a salir y alguien estaba por entrar o viceversa. Quien alcanza la puerta primero la sostiene para alguien que esté a una distancia relativamente corta de la misma. A veces, en un despliegue amplio de cortesía, alguien puede sostener la puerta incluso si estás aún a varios pasos de ella, entonces apuras el paso para corresponder y no tener a la persona sosteniéndote la puerta por mucho tiempo.
La correspondencia es otro asunto, siempre se usa un breve thank you murmurado al pasar por la puerta que esa persona te mantuvo abierta. O, en el caso del foyer, se puede dar una interacción más elaborada: si una persona me sostiene el primer par de puertas del foyer, yo me adelanto y a cambio le sostengo el segundo par de puertas. El foyer sí es un espacio muy materialmente vacío, pero en Nueva York a más puertas, más posibilidad de cortesía. (Supongo que la moral neoyorquina sufre una sobredosis en Home Depot. (fig. 8))
fig. 7 puertas de la cafetería

¿Por qué – nos preguntábamos mi amiga y yo – ese asunto de sostener la puerta no es tan relevante en México o en la India, donde en otros aspectos la gente parece más amable? Pues porque we don’t have so many doors.


fig. 8 Paraíso/Sobredosis de los neoyorquinos amables

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